Artículo de opinión por Lola Dyzenchauz.
A un año del conflicto entre Israel y Hamas, es crucial hacer un balance claro de lo que ha ocurrido y de las causas subyacentes de esta larga y dolorosa confrontación. El ataque inicial de Hamas en octubre de 2023 no fue solo una ofensiva militar, sino una demostración brutal de la amenaza constante que Israel enfrenta en su lucha por la seguridad y supervivencia en una región que, en gran parte, sigue hostil a su mera existencia.
Hamas, una organización terrorista declarada por Estados Unidos, la Unión Europea y otros países, ha mantenido su objetivo primordial de destruir el Estado de Israel, una posición que no deja espacio para una resolución pacífica. Sus ataques indiscriminados contra la población civil israelí, utilizando cohetes y misiles que no discriminan entre objetivos militares y civiles, revelan una clara estrategia: sembrar el caos y el terror entre los ciudadanos israelíes. Este tipo de terrorismo, que incluye secuestros y asesinatos deliberados de civiles, deja poco margen para la duda sobre sus intenciones.
La respuesta de Israel, aunque algunos la consideren desproporcionada, ha sido una defensa legítima de su población y su territorio. Israel no busca la guerra, pero tiene el derecho y la obligación de proteger a sus ciudadanos de ataques mortales. La política de «disuasión» que ha llevado a cabo, aunque lamentablemente conlleva pérdidas civiles en Gaza, es una consecuencia de la estrategia de Hamas, que deliberadamente se escuda entre civiles y utiliza infraestructuras civiles para ocultar sus armas y operativos militares. Esta táctica, conocida y documentada, hace que los enfrentamientos sean especialmente cruentos, pero la responsabilidad última de las consecuencias recae en quienes inician las agresiones.
A lo largo de este año, Israel ha demostrado una vez más su compromiso con los valores democráticos y el respeto al derecho internacional, a pesar de la crítica internacional. La vigilancia de su ejército para evitar bajas civiles, aunque no siempre perfecta, sigue siendo un esfuerzo constante en un contexto en el que Hamas, sin escrúpulos, convierte hospitales, escuelas y mezquitas en centros de comando militar. Ningún otro país en el mundo sería criticado por defender a su población de una amenaza terrorista tan directa y constante.
Además, es importante destacar que el bloqueo a Gaza no es una simple «opresión» a los palestinos, sino una medida de seguridad esencial. Desde que Hamas tomó el control de Gaza en 2007, el flujo de armas y misiles hacia la Franja ha sido constante, facilitado en parte por Irán y otros actores regionales que buscan desestabilizar aún más la situación. Israel, al imponer el bloqueo, ha evitado que Gaza se convierta en una base militar aún más peligrosa y ha limitado, aunque no del todo, la capacidad de Hamas para atacar de manera indiscriminada.
El apoyo internacional a Israel, principalmente por parte de Estados Unidos y algunos países europeos, se basa en una comprensión clara de la amenaza existencial que el país enfrenta. Israel no está luchando contra un pueblo o una nación soberana; está enfrentándose a un grupo terrorista que ha secuestrado los deseos legítimos de los palestinos de vivir en paz y seguridad. La narrativa de que este conflicto es simplemente una «ocupación» israelí es simplista y omite la realidad compleja de una región donde la seguridad nacional de Israel está constantemente en juego.
A nivel diplomático, Israel ha mostrado su disposición al diálogo y a la paz en numerosas ocasiones. Los Acuerdos de Oslo, la retirada de Gaza en 2005 y los intentos de negociar con la Autoridad Palestina han sido pruebas de que Israel desea una solución de dos Estados, siempre que esta garantice su seguridad. Sin embargo, cada intento de negociación ha sido saboteado por la intransigencia de los líderes palestinos, y Hamas, en particular, se ha negado categóricamente a cualquier forma de acuerdo que no implique la eliminación del Estado judío.
La comunidad internacional, en lugar de demonizar a Israel por sus esfuerzos defensivos, debería centrarse en presionar a Hamas para que cese sus ataques terroristas y su retórica destructiva. Los fondos y la ayuda humanitaria destinados a Gaza a menudo son desviados por el grupo terrorista para construir más túneles y comprar más armamento, mientras que la población civil queda atrapada en una trampa de pobreza y violencia.
Un año después, la lección sigue siendo clara: Israel no puede permitirse bajar la guardia. La paz en la región solo será posible cuando Hamas abandone sus armas y acepte convivir con Israel como un Estado legítimo y soberano. Mientras eso no ocurra, la lucha de Israel por su seguridad continuará siendo no solo justificable, sino necesaria para la supervivencia de una nación que ha demostrado repetidamente su deseo de paz, pero que no tiene más remedio que defenderse frente a un enemigo implacable.

